Aquella tarde de media veda

No más tarde de las 4:00 de la mañana, después de una de esas noches de mucho soñar y poco dormir, nervios a flor de piel, nos levantamos mi padre y yo para poner rumbo a una finca de un pueblo de la Sierra norte de Sevilla, Cazalla de la Sierra, muy conocido tanto por su licor de guindas “Miura” como por su ancestral tradición cinegética.

Después de una mediocre primera tirada, habiendo dejado un fin de semana sin cazar, el optimismo es aún mayor al que precedía al día de la apertura de la media veda, pues, desde la organización, nos han hecho llegar un comentario para deleite de nuestra imaginación,”el comedero está azul”, haciendo referencia al color que le daban las cientos de palomas torcaces una vez se posaban para alimentarse.

Ya en el bar donde habíamos quedado para el sorteo de los puestos, mi padre, que nunca ha confiado en su suerte, en lo que a estos momentos respecta, me pide que vaya a sacar nuestro papel de la peculiar boina que para este fin se había utilizado. Una vez desplegado, leo, 16 mañana y 7 tarde, acto seguido, se produjo un murmullo que nos hace alegrarnos aún más, el puesto 16 es el más codiciado por la cuadrilla. Terminado el sorteo, un cazador de unos 60 años de edad se nos acerca, y sin vacilar nos dice, os doy cien euros si me cambiáis vuestro papel por el mío. Ni qué decir tiene que como respuesta obtuvo un rotundo NO.

Ya colocados en el puesto, no hizo falta dejar pasar mucho tiempo para darnos cuenta de que, una vez más, las expectativas no se iban a cumplir.
De esa mañana no me quedó más recuerdo que el de haber estado sujetando el, a mi parecer inútil, puesto portátil de mil maneras distintas, una paloma larga abatida por mi padre que cayó a plomo a los dos segundos de haber realizado el disparo y un par de tórtolas que tiré por mi izquierda, previo fallo del puesto colindante. No más de nueve piezas cobradas en el gran puesto dieciséis. Ni qué decir tiene que el color azul esperanza del cual nos habían pintado el comedero había pasado a un pesimista color negro.

En la comida nos damos cuenta de que, a pesar de no ser nuestra percha muy abultada, somos de los que mejor han escapado.
Después de informarse que el puesto siete tan sólo había cobrado dos tórtolas y una paloma, a sabiendas de que era uno de los menos agraciados y de tiradero más complicado, alegando cansancio y supuse que también por desánimo, mi padre da por finalizada la cacería y me propone marcharnos. A mí me brindan la posibilidad de acercarme a casa una vez terminemos y, sin dudar, decido quedarme. No veía un plan mejor a estar una tarde de domingo sentado en mi trípode, vista al cielo, con la esperanza de abatir aunque fueran un par de piezas.

Poco antes de las cuatro llego al puesto, un claro no muy grande entre olivos y alguna encina. En vista de que aún no hay movimiento, doy una vuelta para inspeccionar y ver la situación de los compañeros, mala idea, de regreso al puesto veo cómo, a una distancia óptima para el disparo, una paloma pasa justo por encima de donde debía estar colocado. Me lamento y rápidamente me sitúo. Pasaría más de media hora hasta avistar las primeras tórtolas. Tres tiros cercanos me ponen en alerta, un par de tórtolas pasan por mi izquierda, tapadas por las copas de los árboles, intento seguir su trayectoria para poder disparar entre los huecos. Primer hueco, primer disparo y nada, segundo hueco y segundo disparo errado, sigo apuntando pero no me brindan la oportunidad de vaciar mi repetidora. En vista de cómo pasaban las pocas tórtolas que se dejaban ver, barajo la posibilidad de cambiar de tres a cuatro choques. Decisión que poco después me alegro de no haber tomado, pues, sin previo aviso, cuando estaba mirando para otro lado, veo por el rabillo del ojo que por mi derecha, alta, pasa una tórtola con la que me hago de un certero primer disparo. Ya no me voy de vacío, es lo primero que viene a la cabeza. De nuevo en el puesto, a velocidad de vértigo, me entran dos tórtolas bajas por la derecha , en un swing muy rápido acierto de lleno en la primera, la acompañante, lejos de seguir la misma dirección, hace un giro de 180° y me pasa por encima, encaro de nuevo, disparo, pero en ese justo momento hace un quiebro para burlar el tiro, cual si tuviera ojos en la cola; intento centrarme y en una décima de segundo retomo su trayectoria, ahora creo que sí, pero justo en ese momento se tapa por completo por la copa de un espeso olivo, disparo y a pesar de no ver nada estoy casi seguro de haber acertado. Acto seguido me agacho para ver si cayera, no la veo caer, pero no doy el lance por perdido. Una vez cobrada la primera tórtola, me acerco a la zona y después de preguntar al puesto de la izquierda, a pesar de su negativa de haber visto caer nada, vuelvo para mirar detenidamente, por si se hubiera quedado enganchada entre las ramas. Pasado un tiempo prudencial desisto. Inconforme y con la cabeza aún dándole vueltas al lance, de nuevo en el puesto, observo a más de quinientos metros un punto negro, una paloma que parece venir directa hacía mí. Sí, efectivamente, me va a pasar por encima, a una distancia aparentemente prudencial. Tras esos segundos de nervios previos al lance, los cuales no se podrían describir con palabras, me levanto para tirar justo en la cruz, corro la mano un poco y aprieto el gatillo, nada, repito la operación una segunda vez, nada. Visto que he errado los dos primeros, en el tercero, adelanto un poco más el tiro y ahora sí, se confirma, la paloma ha pasado por encima mía tal y como si con ella no fuera la cosa. Cargo rápidamente para ver si la casualidad me diera la oportunidad de resarcirme del lance fallido. No parece que se vaya a dar el caso, por momentos no se escucha ni un sólo tiro en toda la finca, sin embargo, un pequeño ruido que no me resulta corriente me hace girar la cabeza, observando así que a unos veinticinco metros a mi izquierda ha caído algo de uno de los olivos. Mi curiosidad y una pizca de esperanza me hacen acercarme para comprobar que el poco viento que hacía había movido las ramas, en la justa medida como para devolverme la alegría y satisfacción que me suponía el haber cerrado con éxito un lance de un doblete que nunca olvidaré. Dándome ya por satisfecho, vuelvo a aposentarme en mi trípode, por mi izquierda viene un bando de cuatro, de nuevo muy bajas, a tiro, pero más cerca del puesto vecino. Al contrario que ellos hicieron con nosotros en la tirada de la mañana, en la que nos tiraron en repetidas ocasiones pájaros que se dirigían para nosotros, les aviso hasta en dos ocasiones, pero no son capaces de verla. A pesar de estar prácticamente fuera de tiro, rápidamente encaro y aprieto el gatillo, para mi sorpresa y supongo que también para la de los compañeros, ha caído fulminada a una distancia de unos setenta metros. Al ir a cobrarla me paro a comentar el lance con el puesto seis, ellos son los que me indican dónde encontrarla. Tórtola en mano, emprendo un camino hacia mi puesto como si del paseíllo de un torero en la plaza tras una gran faena se tratara. A punto de terminar la tirada, estando vuelto observando un bando de palomas que vuela fuera de tiro por encima de todos, ya pasada, una torcaz que podría haber sido un tiro fácil me vuela en esa misma dirección. Sé que sólo tendré una oportunidad. Entre nervios y con la confianza que el lance anterior me había dado, disparo, he vuelto a acertar pero, dura como son ellas, la torcaz se niega a caer y abre las alas. A más de doscientos metros la pierdo de vista, pero parece que tendré suerte, veo que un bretón de un señor de un puesto de esa zona que estaba ya recogiendo emprende una carrera en dirección a donde iría a parar la torcaz, a pesar del ímpetu con que el animal comenzó la carrera, se para y vuelve con el dueño. Llego hasta ellos y le pregunto al hombre, lástima que el bretón no hablara, pues seguro que me hubiera indicado mejor, me comenta que si su perro se ha parado es porque, a buen seguro no habría caído y que podía desistir en mi búsqueda. No obstante, aunque por su cara parece que no le había gustado que pusiera en duda la valía de su compañero de caza, le digo que proseguiré con la búsqueda. Siguiendo la línea imaginaria que me había marcado como referencia, doy con una alambrada, me paro ante ella debatiendo conmigo mismo si merecía o no la pena pasarla, y mirando por si viera algo, aún por decidir qué hacer, una última mirada para confirmar que hoy la suerte está de mi lado, un aleteo en sus últimos momentos ha hecho que se descubriera que realmente había caído y el lugar donde lo había hecho, a más de trescientos metros de donde había recibido el disparo.

Esto le pone un broche de oro a una tarde de media veda que conservaré para siempre en mi memoria, no por la disimulada percha de cuatro tórtolas y una paloma y sí por la peculiaridad de cada lance y la suerte en los cobros. Recogido el puesto y los bártulos, camino hacia el coche orgulloso, con ganas de llegar y describir minuciosamente a mi padre cada uno de los lances, para a buen seguro escuchar luego: ¡Qué suerte tiene este niño siempre!
Y por supuesto con idea muy clara en mi cabeza; “no es necesario llegar a casa con el hombro dolorido, ni con el cupo hecho, para haber disfrutado al máximo de una jornada de caza”.

1 Comentariro

  1. Verdaderamente he disfrutado con la lectura como si hubiese estado alli. Tienes dotes de escritor muy buena la redaccion. Y a ese padre le aconsejaría un poco mas de optimismo

    Responder

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga una mejor experiencia como usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies. Pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR