Lo que el abuelo me enseñó

Aquella tarde de julio, cargado con dos sacos de maíz y pipas negras, me disponía a ascender la colina, en cuya cima había preparado un cebadero para tórtolas y torcaces, con la esperanza de disfrutar de divertidas jornadas de caza durante la media veda. Pese a ser los últimos rayos de sol del día, calentaban tanto que al respirar, parecía que ibas a asfixiarte con aquel calor de justicia que por esas fechas azota las tierras alicantinas. Por fin llegué al comedero tras una subida ardua y abrasadora. Fue entonces cuando me llevé una pequeña decepción. Aquella tarde nada voló entre los pinos, ninguna tórtola confiada, ningún torcaz que al alzar el vuelo se delatara con el aleteo ruidoso entre las ramas. Además, casi todo el manjar que la semana anterior había ofrecido a las aves se mantenía intacto. Empecé a maldecir las tormentas estivales que tuvieron lugar días antes y que, con toda certeza, habían provocado la migración de las “palomas”.

Ya que había subido la comida hasta la cima de la colina, decidí esconderla entre las ramas de un pino para esparcirla en otra ocasión, pero antes de iniciar el descenso hacía el coche, se me ocurrió poner algo de maíz bajo unas piedras, a ver si por aquella zona habitaba algún jabalí que mordiera ese cebo que tanto les gusta.

La semana siguiente todo cambió. Al llegar al comedero no quedaba nada de cereal esparcido, volaron tórtolas y torcaces y, para mi sorpresa, la despensa que le había preparado al cochino estaba destrozada y no quedaba nada de maíz. En vista del éxito, esparcí la comida para las palomas, reservándole su ración al jabalí que imaginaba joven, por algunas huellas que detecté durante el ascenso por sendas de alrededor.

A partir de aquella tarde, empecé a experimentar lo que sentía cuando comenzaba a cazar con 12 años: el nerviosismo, el despertar de mis sentidos, el imaginar lances de caza y, sin darme cuenta, comencé a subir diariamente al cebadero más interesado por si el marrano había entrado esa noche, que por las tórtolas que pudieran volar a mi llegada al claro. Esa especie de instinto cazador me invadió totalmente. Me puse a buscar huellas, a intentar interpretarlas y a colocar varillas por los numerosos senderos que desembocaban en el cebadero para comprobar cuáles eran los más utilizados.

Tras dos semanas siguiendo esta rutina, llegó el día. Aquella noche haría mi primera espera. Intenté frustradamente que algún amigo me acompañara, ya que pasar la noche solo en el monte esperando a un jabalí me causaba cierto respeto. Así que, movido por alguna fuerza que no sabría explicar, me preparé los utensilios y me encaminé hacia el cebadero. Llegué cuando el sol aún brillaba con fuerza. Me metí en el puesto que días antes había preparado junto a un pino joven, lugar que según mis deducciones daría el mejor resultado, y empezó la función, ese espectáculo que cada noche interpretan todos animalillos de la sierra y, que sin haber presenciado, es difícil de imaginar. Aquella noche en el campanario del pueblo dieron las once. A unos trescientos metros oí el aullido, parecido a una queja, de un zorro. Esto me alertó. Minutos después, notablemente más cerca, se rompió una rama seca que hizo que los abejarucos que dormían en los pinos volaran en la oscuridad y, seguidamente, empecé a oír el acercamiento de algo por mi espalda. A unos diez metros, los pasos se detuvieron entre la maleza. No podía distinguir qué era, pero sentía que aquella criatura estaba observándome. Tras pocos segundos caminó unos metros más. Observé una silueta entre dos matas y, en ese momento, se oyeron dos ronquidos. Efectivamente era él. Disparé los tres tiros de mi repetidora, que temblaba en mis brazos como si fuera de paja en lugar de acero. El jabalí huyó por donde había venido provocando un estruendo que me hizo pensar que iba tocado. En seguida encendí el foco para ver cómo bajaba por el barranco, pero entonces se paró y corrió hacia la luz. Ahí estaba yo: solo, con la escopeta vacía y con el cerdo corriendo hacía mí. Solté el foco e intenté cargar mi arma apresuradamente. Cuando lo conseguí e iluminé de nuevo al “bicho”, se detuvo a escasos 20 m. de mi posición, mirándome a los ojos, o eso me pareció. Tras ese cruce de miradas que duraría menos de un segundo -pero que se me hizo eterno-, conseguí soltarle otro tiro que, sin alcanzarlo, lo ahuyentó y le hizo desaparecer entre la maleza. Por fin lo había visto. El animal que había creado en mi imaginación se había materializado y no era joven. Era grande y con unas buenas navajas.

Pasada esta aventura, esperé en el puesto a que transcurriera por lo menos una hora y, asustado como nunca lo he estado, me encaminé hacia el coche escopeta en mano, por si el jabalí aún estaba por la zona.

A la mañana siguiente, volví al lugar a plena luz del día. Comprobé dónde habían dado mis balas, por donde había entrado el macareno y preparé otro puesto que me pudiera dar mejor resultado. Seguí con la rutina del maíz bajo las piedras y de las varillas, aún con más interés que la semana anterior. Ese animal se me había metido en la cabeza. No podía dejar de pensar en él, en la descarga de adrenalina que me había provocado aquella noche y en ese encuentro que aún recuerdo como si fuera ayer.

¡Ahora sí que estaba picado! Seguí cebando al jabalí durante una semana más. Los primeros días la comida se quedaba intacta pero al tercero, ya se la había comido. Llegó la fecha marcada para hacer el segundo y último acecho para el que tenía permiso. Esta vez me acompañaría mi amigo Juan, cuya única arma sería el foco para iluminar a aquella bestia.

Comenzamos el ascenso al puesto cuando el sol aún brillaba, como aconsejan los esperistas experimentados. Llegamos bañados en sudor, nos sentamos y a esperar. Transcurrida una hora, entró al claro una zorra preciosa. Campaba a sus anchas por el cebadero sin detectar nuestra presencia, cuando algo sonó en el fondo del barranco. Era como si estuvieran rascando el suelo de piedra suelta con un rastrillo. La alimaña levantó la cabeza y echó a correr hacia el interior del monte. Nosotros, extrañados, sin entender muy bien qué ocurría, pero imaginando que algún bicho había provocado aquel singular sonido, nos miramos a la cara y mantuvimos nuestra posición.

Pasaron las horas y ni rastro del jabalí. Cayó la noche. Los mosquitos nos picaban transformando nuestra espera en un infierno, así que, con toda la esperanza perdida, le propuse a mi compañero abandonar el puesto. Él, más animado que yo, me convenció para quedarnos media hora más. Así que volví a sentarme y cuando mi trasero aún no había tocado la silla empezamos a oír los pasos de un marrano acercándose al cebadero. Ya estaba allí. Venía directamente por la senda situada frente a nosotros y hacia ese punto encaré la escopeta. Cuando estaba a punto de salir al claro, los pasos se detuvieron y se oyeron tres ronquidos sonoros y graves como si los hubiese emitido el mismísimo Satanás. Aguanté la respiración, notaba mi pulso golpeándome los oídos. El berraco retrocedió. Cubierto por la maleza, se desplazó al sendero que quedaba a nuestra derecha y otra vez, antes de destaparse, emitió tres ronquidos.

Seguidamente, el silencio invadió el monte. Ni pasos, ni ronquidos, ni respiración. No se oía absolutamente nada. Pasados unos instantes le propuse a Juan que iluminara el lugar donde le habíamos perdido la pista al guarro. No había nada. Desapareció como un fantasma sin mover una rama, sin pisar una piña y dejándonos perplejos ante tal experiencia. Sin encontrarle explicación alguna a la huida tan silenciosa que acabábamos de presenciar y con la ilusión por los suelos, volvimos al coche abatidos y desanimados. Me di por vencido. Ahora tendría que esperar hasta octubre para intentar hacerme con un puerco.

Al poco tiempo, un familiar me comentó que cazando el conejo durante el descaste, había visto un cochino por la zona que, según sus palabras, debía ser el mío. Yo, con resignación, le contesté que aquel marrano no era para mí pero que me había dado unas lecciones muy valiosas para mis futuros acechos.

Sinceramente, espero que si murió cazado, tanto en una espera como en una batida, deleitara a su matarife con una aventura como las que me había brindado a mí. Si por el contrario murió de viejo, me alegro y espero que enseñara a muchos escuderos, los cuales nos hagan sentir que la espera es un arte como pocas técnicas de caza lo son. Pero si por el contrario aún campa por el monte, espero verle pronto y ser yo quien gane el duelo esta vez.

Relato enviado por Manuel Savall de Hunting Box

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