Por los Ancares

Desde que a mediados de Enero me enteré que había sido agraciado con un rececho de corzo en Los Ancares, más de tres noches he recorrido las sierras españolas de punta a punta. Desde las inhóspitas cárcavas de Renedo hasta las mondas de Sierra Espuña.

Para los no iniciados en la caza, este acontecimiento en un veterano, no debería de producir ningún tipo de sensación, nada más lejos de la realidad. A medida que se va acercando la fecha (4 de mayo) el ambiente se va cargando de recuerdos.

No sé, las veces que he puesto en tiro el rifle y otras tantas, que he tirado alguna bala para cerciorarme de su efectividad. Emilio el 300 WM no te ha fallado nunca y además lo elegiste “todo terreno” –aún a sabiendas de que pesa más que un gorrino en brazos- después de tus últimos desencuentros con el 243.

El día antes, llama el guarda de Los Ancares y quedo con él a las 6.00 de la mañana del día de la faena, en un pequeño hotel de cazadores de Vega de Espinareda. El rececho se hará en la zona de Burbia, precioso rio truchero de esta comarca.

Curiosamente y en la cara oeste de estas sierras, pase el último verano unos días practicando senderismo con Mª Eugenia. Concretamente en Balboa famoso pueblo con dos pallozas impresionantes, como también lo es su comida y su alcalde Sr. Monteserín al cual le dedico este relato. Hombre este singular donde los haya edil de 17 pueblos y 500 almas. Un amigo.

Ya voy desbocado y os habéis perdido. Mª Eugenia es mi máquina de regañar como dice mi amigo Miguelón. Con ella he compartido el campo. Juntos hemos oído el ladrido del lejano perro. Hemos visto el sol enrejarse tras el bosque y cómo el rojo de la tarde se pierde por el monte. Sin ella no sería cazador.

La noche fue caótica. Los habitantes del hotel, cazadores también, no dejaron el vaso hasta pasadas las cuatro. Por mi parte y a duermevela, fui testigo de la huida de diez o más corzos heridos o no y de algún que otro oso, que vino a mi memoria de los retazos de aquel periódico leído días antes.

Y llegaron la seis, un café, después de las presentaciones y vista la documentación Juan y yo nos dirigimos al cuartel correspondiente que estaba situado a espaldas de Vega, casi en los limites de León y Lugo.

El sitio es una maravilla, inmensos bosques de robles y castaños salpicados con algunos claros de escobas.

La mañana era espectacular. Poco antes de amanecer el rocío cubría los primeros prados y lo que en otra época era tierra de labor hoy abandonada. Juan me comentaba la poca densidad de corzos en la zona –antaño superpoblada- debido a la falta de siembras y escasez de campesinos.

Juan había hecho los deberes. Como el corzo elegido por mi era selectivo, llevaba en su móvil descargada la foto del elegido y me explicaba la razón de su interés venatorio. La falta de luchadera – posiblemente por una pelea – le hacía especialmente peligroso de cara al próximo celo, ya que en otras ocasiones llegaban a herirse y morir por este asunto.

Cazamos con los prismáticos las laderas de enfrente y en una de esas recogidas observé un rebeco en los farallones. “Juan te lo cambio por el corzo”. Nada de nada que no picó.

Al poco tiempo, sale el sol y el campo despierta con esos ruidos y colores que solamente los enamorados de él sabemos. Enfrente unas escobas empiezan a menearse. Que raro no hay nada de brisa, la calma se hace insoportable. Juan baja del Land-Rover un trípode y su correspondiente monocular. Tensa espera. Me avisa. Nuestro amigo esta a punto de levantarse en el pecho delante nuestro. Consulto el medidor de distancia y marca 325 metros.

No se levanta y pienso que en la vida he tirado a esta distancia. Por otra parte me acuerdo que en EE.UU. hay un concurso del 300WM que tiran a 900 yardas. Silencio, el corazón me sala por la boca. El bicho se levanta y ¿quién dijo miedo?, aviso a Juan que prepara los palos para apoyar el rifle. Apunto a la base del cuello con lo que da el 3x9x42 y una vez que dejo de respirar, aprieto el gatillo. El eco del disparo suena por todo el valle y Juan acaba de retirar las manos de la cara para dármelas en un afectuoso saludo de felicitación.

Dejamos de pasar unos minutos -que se me hacen eternos- y subimos al coche para bajar al valle y por el sendero de la cañada, subir a por el animal. Este permanece inmóvil en el mismo sitio que le tiré. El porte es majestuoso. Lo observo y contemplo con curiosidad el cuerno defectuoso que el Guarda había visto desde hace tiempo.

Hacemos la preceptivas fotos – no sin antes- seguir mi ritual de, en la mas completa intimidad, dar gracias a la naturaleza por permitirme una vez mas, disfrutar de lo que a todos los humanos nos ha prestado y que debemos devolver, por lo menos, en el mismo estado en que se nos entregó.

Pronto volveré a León y espero que sea este mes de Mayo donde pienso pasar unos días en el Valle del Silencio. Sólo por el nombre merece la pena ir.

Relato enviado por Emilio

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