Relato de caza, Lo que debía ser un día cualquiera

Mañana es Domingo, 24 de octubre (2010), como cada domingo de estas fechas, toca salir a patear el monte bajo esa humedad mañanera que cubre nuestras tierras. Con la ilusión de una niña de 15 años, me dedico, antes de cenar, a preparar los cartuchos, limpiar mi escopeta, sacar mi chaleco y rellenar mi canana. Todo está listo para la siguiente mañana, solo falta hacer dos bocadillos a la mañana siguiente, para mi padre y para mí.

Suena el despertador a las 6:30, aunque no hace falta esto para despertarme, pues no he podido pegar ojo pensando en la cacería del día siguiente… Nos ponemos nuestro traje de faena y vamos a por nuestros compañeros. Está aún oscuro, así que paramos a tomar café antes de emprender nuestra jornada.

Sobre las 8, soltamos nuestros canes y comenzamos a patear la sierra, pudiendo contemplar lo bonito que es acompañar al sol hasta que alcanza su tope; oler el tomillo y la jara; escuchar los pajaritos canturrear felices y libres ante un nuevo día.

Con toda mi ilusión y nerviosismo, sigo los pasos de mi padre y del resto de la cuadrilla, pues aún soy aprendiz. La mañana transcurre con normalidad, aunque pocos conejos y perdices nos brindan la oportunidad de poder apretar el gatillo y disfrutar aún más esa jornada. El sol ha llegado a su destino, pues son cerca de las 11:30 y este calienta radiante. Nos sentamos a descansar un poco a la sombra de un pino y un precioso búho levanta su vuelo y pasa a apenas un metro de distancia por encima mía, mirándome atentamente a los ojos. Puedo apreciar su belleza, sus grandes ojos y sus colores marrones, sin duda alguna, es un ser precioso.

Continuamos nuestro camino, pues ya vamos dirección al coche en busca de agua y de los bocadillos. Nunca dejamos la mano, pues es nuestra forma de cazar para ir seguros y poder hacernos con los animales que deciden escapar.

Vamos por un desnivel que ofrece el terreno, a mi izquierda tengo un compañero y mi padre va a la izquierda de este. Sale un conejo y no puedo tirarle porque mi perro va casi mordiéndole la cola, y no quiero poner en peligro la vida de mi can. Esa mañana no he pegado ni un tiro, pero bueno, todos los días no se puede tener la misma suerte. Me cuelgo mi escopeta al hombro, pues es más cómodo y apenas se tarda un segundo en descolgarla y encararla de nuevo.

Contemplo ansiosa como cazan los perrillos, es su propio instinto los que los hace mover el monte. De golpe, me da un gran dolor en la barriga a la vez que suena un estruendo. Miro mi barriga y no puedo creer lo que ven mis ojos, tengo el intestino colgando, caigo al suelo porque he dejado de sentir la pierna izquierda. Me han pegado un tiro. Grito desesperadamente, necesito a mi padre cerca, necesito que alguien me ayude. A mis gritos responde mi padre, gritando más aún a la vez que acude en mi ayuda. Lo veo aparecer y veo su cara al mirarme. Me dice que sea fuerte, él está en estado de “shock”. Llama al 112, pero sus palabras mezcladas con sus nervios no pueden ser entendidas por las personas que hay al otro lado del teléfono. Consigue relajarse un poco, pues mi vida está en juego y necesito ayuda inmediata.

Tendida en el suelo, con unos dolores inmensos, escucho atentamente todo lo que pasa a mi alrededor, ¿Serán los últimos segundos de mi vida?.

Al estar en medio del campo, es imposible que nos encuentren pese a las explicaciones telefónicas, por lo que le dan a mi padre los pasos a seguir para que me haga los primeros auxilios y así intentar mantenerme con vida hasta que logre llegar el helicóptero. Yo voy perdiendo fuerzas, pues mi sangre sale de mi cuerpo poco a poco. Un compañero sale en coche al camino a buscar a la UCI móvil para que empiecen a atenderme y le den las coordenadas al helicóptero.

Mi padre está arrodillado a mi lado, llora sin consuelo alguno, está sin camiseta, pues esta tapa mi barriga para que la herida no se ensucie y no me de el sol, a la vez, el tapa el sol que me agobiaba más aún al calentarme la cara. Acaricio la barriga de mi padre y le digo que no llore, que esto no es nada, “no me voy a morir”. Aunque en mi cabeza pasa mi vida rápidamente y entre mis pensamientos, algo me dice que esos son mis últimas palabras. Pienso que si cuando a un animal, una bala lo alcanza y muere al cabo de un rato y de unos metros andados, yo no estaré muy lejos de este final.

Cierro los ojos, pues estoy más cómoda y relajada, pero mi padre necesita verme con ellos abiertos, necesita ver que aún puedo mirarlo, aunque vea el dolor reflejados en ellos. “Necesita seguir teniendo a su niña”.

Tras 45 minutos de una eterna e interminable espera, llega el helicóptero, pronto me ponen oxígeno y me suben a él para llevarme al hospital, escucho a lo lejos la voz de mi padre diciéndome “Se fuerte hija mía, tú puedes”, antes de cerrarse la puerta, un compañero de caza me coge la mano y me la aprieta fuertemente, ¿Volverán a verme y hablar conmigo?.

El viaje es corto, apenas 7 minutos, aunque para mí que dura una hora. Llego a quirófano pidiendo que por favor me duerman o me hagan algo, pero quiero dejar de sentir, quiero dejar de ver y de sufrir

Al cabo de tres días me despierto en la UCI, no sé realmente dónde estoy, pues sigo bajo el efecto de la sedación. Veo a mi madre a mi lado, y poco a poco voy recobrando el sentido y logro entender ese lugar y mi estado. Necesito ver a mi padre y que vea que estoy ahí, que su niña sigue a su lado. A la hora de la visita lo veo aparecer y con lágrimas en los ojos le digo, “PAPA”!!! Puedo ver su cara de felicidad tras esa de dolor. Todo estaba saliendo bien y yo seguía con mi sonrisa en la cara. Al entrar, mi padre me dijo que iba a vender mi rifle, escopeta y todas las armas, pues no volveríamos a cazar, pero con lágrimas en los ojos, le pedí que por favor no lo hiciese, yo quería volver al monte, quería poder seguir disfrutando de esa gran pasión, de esa afición que a los dos nos une.

Gracias a dios, fue un tiro limpio, entró y salió, pues por “suerte” llevaba una bala metida, y no un cartucho. Por esa gran razón, preparo yo mis cosas la noche anterior y no cojo esa mañana lo que pillo, lo meto al bolsillo y salgo para el monte.

Con este relato, solo quiero pedir precaución, pues salimos a disfrutar y a desarrollar esa gran afición que nos une… VIVA LA CAZA!!!

Relato enviado por María Moreno

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